Probablemente una de las causas por las que el usuario medio ha encontrado Ubuntu como una distribución atractiva frente a otras más clásicas es, además de por una buena selección de aplicaciones sencillas, el sistema Debian de actualización de software: apt-get.
Para los que, como yo, venimos del mundo RedHat y funcionamos con sistemas que han heredado su gestión de paquetes RPM, quizá nos parece algo incontrolable el hecho como apt-get gestiona las descargas, ya que simplemente te instala todas las dependencias que te hagan falta y la última versión de todo. Esto en una instalación de usuario típica es fantástico, porque de una manera sencilla configuras las actualizaciones automáticas y siempre estás al día sin preocuparte de que necesitas y si tienes que quitar este o aquel paquete para poder poner el nuevo. Pero en un sistema de servidor no es tan trivial: cambiar la versión de una determinada libreria o aplicación puede hacer que otra, que depende exactamente de aquella, deje de funcionar sin razón aparente.
En ese sentido, el sistema RPM es mucho más selectivo y te permite un mayor control de lo que tienes instalado, y te permite incluso definir desde donde lo quieres instalar (del DVD original, de internet, de un disco en otro ordenador…). Esta es la gran ventaja, a mi modo de ver, del sistema RPM: no necesitas una conexión a internet en cada PC, y esto en una red local de una empresa puede ser el escenario.
De cualquier modo, y teniendo en cuenta la posibilidad que tiene RPM de usar repositorios definidos en algún sitio, podemos emular el funcionamiento de actualización automática de apt-get.
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